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En el río Po (Italia), la autoridad de cuenca ha declarado un escenario de severidad hidrológica de nivel 6 sobre 7, con intrusión salina del Adriático en el delta y en los canales de riego; según una nota del 12 de agosto, la cuenca se encuentra en estrés hidrológico severo.
En el Danubio, el nivel ha caído a un mínimo histórico cerca de la frontera serbia, en Baja y Mohács, con problemas de navegación civil y de transbordadores, y por debajo de los límites operativos para buques de gran calado.
El lago Velence, el tercero de Hungría, ha bajado cerca de un metro, hasta el punto de poder cruzarlo a pie como experimento. Aguas abajo, en Rumanía, la navegación comercial y turística por el río ha quedado interrumpida y los campos están sin agua de riego.
Ante esta situación, la Comisión Europea reclamó el pasado 14 de agosto una acción global más firme para restaurar el suelo degradado, reforzar la resiliencia frente a la sequía y proteger los recursos hídricos, de cara a la 17ª Conferencia de las Partes de la Convención de las Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación (COP17), que se celebra en Ulán Bator, Mongolia, hasta el 28 de agosto. La comisaria europea de Medio Ambiente, Resiliencia Hídrica y Economía Circular Competitiva, Jessika Roswall resumió el diagnóstico: la sequía y la escasez de agua ya amenazan vidas, salud, economías y ecosistemas dentro y fuera de la UE, y el objetivo declarado es pasar de gestionar emergencias a construir resiliencia antes de que lleguen las crisis. La Comisión vincula este trabajo a la Estrategia Europea de Resiliencia Hídrica que, al cumplir su primer año, ya ha movilizado 3.100 millones de euros priorizados por los Estados miembros y 5.000 millones del programa de agua del BEI, y respalda sistemas de vigilancia temprana basados en datos Copernicus, los mismos que sostienen el seguimiento europeo de precipitación, humedad del suelo y caudal fluvial.